domingo, 12 de octubre de 2014

Cuando sangras.

Hoy no tengo nada que decir. ¿Qué quieres que te cuente? Si hace unos minutos que te has dado la vuelta y te has marchado por la puerta con cualquier excusa barata. ¿Sabes que me has dicho?
Yo tampoco.
Acabo de quitarme tus lágrimas de encima y yo también me he largado de aquí. En efecto, tuyas, esas que vislumbras pese al cielo oscuro y decides que no ves, que no existen.
De repente me han sabido a nada todas las veces que me has mirado con lástima. Y como cuando el aire frío te arranca las ojeras de la cara y adviertes que la luna se mueve rauda a tu paso mientras todo lo demás se difumina, he salido corriendo dejando a tu ausencia asombrada.
Todo cambia.
Se me mueren las piernas deprisa y aterrizan repentinamente contra el asfalto.
Y entonces brotas.
Te escurres de entre mis manos.
Recorres las esquinas de mis dedos y continuas derramándote al son de la farola estropeada que se enciende y se apaga.
Me gustas cuando eres negra, oscura. Cuando sé que existes y te siento fría pero hiriente, cuando mis nudillos son tu lecho.
Cuando sangras.