viernes, 13 de marzo de 2015

Ansia, número indefinido.

La huida siempre será en vano. La que nos dicta el ansia de abrirnos en canal y sacarnos las entrañas, pero nunca hay un cuchillo cerca, o al menos; inconscientemente procuramos que no lo haya. La misma que me susurra a la nuca agarrar con fuerza uno de mis pulmones y arrancármelo de cuajo. Dejarlo encima de la mesa, con la vida colgando. Y, cual hábil leñador con saña, seccionar de raíz las vísceras a las que se aferra esta vil e inservible carcasa y vaciar por completo este trozo de piel que me concibe como persona humana.
Una vez sacado y desterrado todo el contenido meramente utilitario, acariciar con las uñas el fondo ensangrentado y áspero de mi caja torácica hueca, rascando con violencia el fuero interno para acallar con violencia el dolor carnal que me acecha (el tenebroso y agudo estruendo de unas uñas largas contra una pizarra de colegio suele apaciguar a casi todos los vestigios mortales).


Esto es lo que ocurriría si nos hubiesen enseñado a cumplir nuestros deseos desde pequeños.