miércoles, 31 de diciembre de 2014
Último aliento.
Tengo todas las de perder contra esta macabra tentativa a la suerte que supone un nuevo año. Siempre he sido de la cola en cualquier apuesta, pero esta me sabe a sangre, a dientes que rechinan de miedo en lugar de por el frío, a cristales rotos. Pero me llevo las mil y un maneras que poseo de hacerme gritar; y eso es lo que más me aterra. La frialdad con que somos capaces de causarnos un dolor envenenado de nuestra propia ira siendo conscientes de ello, la tendencia de la especie humana a autotorturarse esclavo de su propia existencia.
La conciencia nos tortura en su tortuoso afán de hacernos ver una realidad que se nos escapa. Durante toda nuestra vida hemos creído ser algo a lo que ni de lejos aspirábamos, inhumanos.
Suele asustarme la cantidad de veces que me descubro, a hurtadillas, ejerciendo de víctima en este ambiguo teatro en que coexistimos, que no convivimos. La dureza, la velocidad
e intensidad de pensamientos, la enorme cantidad que emociones que podemos ser capaces de sentir al mismo tiempo; ese cúmulo de pensamientos que se nos atragantan.
Víctimas de una evolución y un mecanismo creacional que nos carcome las entrañas a cada paso que damos. La incertidumbre de seres capaces de preguntarnos con una frecuencia atronadora de dónde venimos o qué sentido tiene esta vida.
Demasiado inteligentes para comprender tal vez que, la vida es eso, añicos.
viernes, 12 de diciembre de 2014
Cualquier quimera.
Es curioso como me formo mis propias películas en el telón de fondo de cualquier mañana o noche en que vivo de calañas conversando con un ser viviente cualquiera sobre el frío que hace a las 7 de la mañana o diversos convencionalismos sociales baratos.
Estoy como si me hubieran violado en cualquier acera y me hubiesen dejado tirada en la esquina del callejón más cutre, con las medias a jirones y el miserable de treinta y pocos años de sabor de boca. Puta idiota rota.
Resulta tan decadente confundirse de realidad entre unas cuantas fantasías lúgubres de morbo o sobreestima cuando caminas por una rutina de expectativa creciente y perfeccionismo enfermizo que te han abocado a tanto y a tan extraño.
Busca en la última de cualquier fila.
domingo, 12 de octubre de 2014
Cuando sangras.
Yo tampoco.
Acabo de quitarme tus lágrimas de encima y yo también me he largado de aquí. En efecto, tuyas, esas que vislumbras pese al cielo oscuro y decides que no ves, que no existen.
De repente me han sabido a nada todas las veces que me has mirado con lástima. Y como cuando el aire frío te arranca las ojeras de la cara y adviertes que la luna se mueve rauda a tu paso mientras todo lo demás se difumina, he salido corriendo dejando a tu ausencia asombrada.
Todo cambia.
Se me mueren las piernas deprisa y aterrizan repentinamente contra el asfalto.
Y entonces brotas.
Te escurres de entre mis manos.
Recorres las esquinas de mis dedos y continuas derramándote al son de la farola estropeada que se enciende y se apaga.
Me gustas cuando eres negra, oscura. Cuando sé que existes y te siento fría pero hiriente, cuando mis nudillos son tu lecho.
Cuando sangras.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Delirio otoñal.
miércoles, 7 de mayo de 2014
Broud. Capítulo 1.
Era de noche, por la altura de la Luna diría que antes de medianoche. Se encontraba de pie en el balcón de un ático antiguo, a juzgar por la altura a la que se encontraba el piso puede que se tratara de unos 10, tal vez 13 pisos. La amplia terraza en la que estaba solo contaba con unas pequeñas butacas muy gastadas situadas en la parte izquierda y una pequeña mesita. Había un hombre sentado en una de las butacas, de facciones suaves y rostro joven, aunque mayor que ella, pero lo que con más fuerza divisaba en su pensamiento era su mirada, una mirada fría, húmeda, triste. Una mirada apagada y sin luz, hueca, vacía, como si tras sus cuencas no hubiera más que negrura. Aquellos ojos de cristal parecían cada vez más débiles, se apagaban paulatinamente mientras pasaban los minutos en la tensa atmósfera de la estancia. No le dirigió palabra, estaba impasible. La quietud que hasta el momento reinaba en el ambiente se vio alterada por los movimientos del hombre que avanzaba hacia ella con pasos rápidos y se quedo quieto frente a ella. Besó a aquel hombre. Por impulso. Le besó de forma cálida. Y cuando sus bocas quedaron separadas, la acercó al balcón y decidió distraerla mostrándole las estrellas que desde allí se divisaban. Se colocó detrás de ella y la estrechó entre sus brazos, por la espalda, y la empujó al vacío desde el borde del abismo en la noche cerrada.
martes, 21 de enero de 2014
Ausencia.
La ausencia más dolorosa y a la vez, la más grácil. De su certeza irrefutable, hasta la comisura de todas y cada una de sus terminaciones. Nadie podría jamas sanar aquellas ganas terribles de gritar hasta quedarse sin voz, justo en el más profundo de los silencios. Cuando se han analizado tantos, innumerables y distintos, cada uno con su propio matiz, un aroma distinto al anterior, hueco, pero con más alma que ningún ser humano conocido. Y era eso, su propia colección de sin sentidos, la de sembrar el caos mudo, cómo cuando acontece a la muerte, donde cobra más importancia el silencio eterno que el conjunto de todas las palabras pronunciadas hasta la fecha.
Y era precisamente esa chispa sin vida, la que apaciguaba a todas las almas que pensaban en voz alta.
Aquella milésima partícula que siempre se quedaba callada.