martes, 21 de enero de 2014

Ausencia.

La ausencia más dolorosa y a la vez, la más grácil. De su certeza irrefutable, hasta la comisura de todas y cada una de sus terminaciones.  Nadie podría jamas sanar aquellas ganas terribles de gritar hasta quedarse sin voz, justo en el más profundo de los silencios. Cuando se han analizado tantos, innumerables y distintos, cada uno con su propio matiz, un aroma distinto al anterior, hueco, pero con más alma que ningún ser humano conocido. Y era eso, su propia colección de sin sentidos, la de sembrar el caos mudo, cómo cuando acontece a la muerte, donde cobra más importancia el silencio eterno que el conjunto de todas las palabras pronunciadas hasta la fecha.
Y era precisamente esa chispa sin vida, la que apaciguaba a todas las almas que pensaban en voz alta.
Aquella milésima partícula que siempre se quedaba callada.

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