Elisabeth no era capaz de volver en sí en aquella fría mañana de enero. Su mente todavía divagaba perezosamente entre los recuerdos de la pasada noche mientras intentaba recobrar el sentido y volver a la consciencia. Su cuerpo inerte se hallaba tirado en el asfalto cual marioneta abandonada a la que nadie reclamaba. No era usual que por aquella descuidada y pequeña carretera circularan vehículos a no ser de que se tratara de propietarios de alguna de las casas que bordeaban el camino, por lo que todavía nadie se había dado cuenta de la joven que allí yacía aparentemente muerta. Pero no lo estaba. Aunque ella deseaba estarlo, más que ninguna otra cosa en aquel momento. Con gran esfuerzo consiguió abrir los ojos y poco a poco fue levantando la cabeza pegada al suelo. Cuando esto ocurrió habían pasado varias horas desde el amanecer y el entumecimiento de las extremidades empezaba a causarle un terrible dolor. Flaqueaba de fuerzas, la debilidad de su delgado cuerpo la hacía desmayarse cada vez que intentaba ponerse en pie. Finalmente, casi cuando el sol se encontraba en su punto más alto logro levantarse, tambaleándose sobre frágiles y descoordinados movimientos consiguió llegar pesadamente hasta la cuneta, y se tendió cuidadosamente de nuevo, intentando que el nuevo impacto no acusara más su debilidad física y le causara mayores dolencias. Poco a poco su mente fue recobrando el sentido, y aunque su cuerpo estaba débil, le concedió la suficiente fuerza para recordar vagamente lo que aconteció la pasada noche. Le resultaba muy difícil clasificar y buscar entre el caótico desorden en que recientemente se había convertido su mente. Tal era el desastre de recuerdos mezclados y plasmados conjuntamente que pasaban por su mente a una velocidad vertiginosa que le era imposible ordenar sus actos en orden cronológico.
Era de noche, por la altura de la Luna diría que antes de medianoche. Se encontraba de pie en el balcón de un ático antiguo, a juzgar por la altura a la que se encontraba el piso puede que se tratara de unos 10, tal vez 13 pisos. La amplia terraza en la que estaba solo contaba con unas pequeñas butacas muy gastadas situadas en la parte izquierda y una pequeña mesita. Había un hombre sentado en una de las butacas, de facciones suaves y rostro joven, aunque mayor que ella, pero lo que con más fuerza divisaba en su pensamiento era su mirada, una mirada fría, húmeda, triste. Una mirada apagada y sin luz, hueca, vacía, como si tras sus cuencas no hubiera más que negrura. Aquellos ojos de cristal parecían cada vez más débiles, se apagaban paulatinamente mientras pasaban los minutos en la tensa atmósfera de la estancia. No le dirigió palabra, estaba impasible. La quietud que hasta el momento reinaba en el ambiente se vio alterada por los movimientos del hombre que avanzaba hacia ella con pasos rápidos y se quedo quieto frente a ella. Besó a aquel hombre. Por impulso. Le besó de forma cálida. Y cuando sus bocas quedaron separadas, la acercó al balcón y decidió distraerla mostrándole las estrellas que desde allí se divisaban. Se colocó detrás de ella y la estrechó entre sus brazos, por la espalda, y la empujó al vacío desde el borde del abismo en la noche cerrada.
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