miércoles, 14 de mayo de 2014

Delirio otoñal.


Mañanas grises con cierto encanto. El olor a tierra mojada se filtra por la rendija abierta de la ventana fundiéndose con un suave aroma a café en una discreta fragancia embaucadora. Estanterías repletas de libros viejos admiran en silencio la quietud de una mañana de finales de otoño tan solo perturbada por el chasquido de la lluvia contra el suelo adoquinado.  El pavimento está cubierto de matices marrones y amarillentos que dotan al ambiente frío y gris de algo de color, recordando el inminente final de la estación. A medida que avanza la mañana las hojas se amontonan unas sobre otras formando una capa de unos cuantos centímetros, que sería recogida algunas horas después por las leves, aunque suficientes brisas que las depositarían una vez más sobre tejados y esparcirían por los patios.

 Recuerdo que cuando era pequeña, al comienzo del invierno solía recoger las hojas más bonitas y las secaba. Cuando estaban secas me dedicaba a pintarlas y decorarlas con colores alegres, y colgaba algunas de ellas en la pared de mi habitación. Ya no conservaba ninguna, y aquella escena otoñal despertó en mí la nostalgia de años pasados y recuerdos felices. Había sido plenamente feliz en mi infancia. Afortunadamente podía afirmar haber disfrutado de todo tipo de caprichos y sobretodo mucho cariño familiar en los primeros años de mi vida. En cierto modo me enorgullecía de ello. No ese tipo de orgullo de quién presume ante otros, sino un orgullo personal, me sentía orgullosa de poder decir que había sido feliz, que me lo habían dado todo y más para que lo fuera.

Supongo que en parte me siento así respecto a mi infancia porque el resto de mi vida no se corresponde en absoluto con esta.

Hace algunos días, mi psiquiatra me dijo que le contara mi historia, que le dijera quién era yo y quién he sido estos últimos años. Me quede callada durante varios minutos. “No sé qué decir” musité. Aquella pregunta tan simple, y al mismo tiempo compleja me había dejado en blanco. ¿Quién soy yo?¿Acaso lo sé? Eran las preguntas que me asaltaron la conciencia cuando pasé el estado inicial de perplejidad.  Hasta aquel momento nada ni nadie( ni tan siquiera yo misma) me había dado la oportunidad de tener en cuenta que no sabía quién era ni por qué era esa persona.

Ha parado de llover. Salgo al jardín descalza, manchándome de barro los pies, y me tumbo sobre el césped mojado. Permanezco quieta unos minutos, y cuando me levanto comienzo a recoger hojas empapadas del suelo.

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