Mañanas grises con cierto encanto. El olor a tierra mojada
se filtra por la rendija abierta de la ventana fundiéndose con un suave aroma a
café en una discreta fragancia embaucadora. Estanterías repletas de libros
viejos admiran en silencio la quietud de una mañana de finales de otoño tan
solo perturbada por el chasquido de la lluvia contra el suelo adoquinado. El pavimento está cubierto de matices
marrones y amarillentos que dotan al ambiente frío y gris de algo de color,
recordando el inminente final de la estación. A medida que avanza la mañana las
hojas se amontonan unas sobre otras formando una capa de unos cuantos
centímetros, que sería recogida algunas horas después por las leves, aunque
suficientes brisas que las depositarían una vez más sobre tejados y esparcirían
por los patios.
Recuerdo que cuando
era pequeña, al comienzo del invierno solía recoger las hojas más bonitas y las
secaba. Cuando estaban secas me dedicaba a pintarlas y decorarlas con colores
alegres, y colgaba algunas de ellas en la pared de mi habitación. Ya no
conservaba ninguna, y aquella escena otoñal despertó en mí la nostalgia de años
pasados y recuerdos felices. Había sido plenamente feliz en mi infancia.
Afortunadamente podía afirmar haber disfrutado de todo tipo de caprichos y
sobretodo mucho cariño familiar en los primeros años de mi vida. En cierto modo
me enorgullecía de ello. No ese tipo de orgullo de quién presume ante otros,
sino un orgullo personal, me sentía orgullosa de poder decir que había sido
feliz, que me lo habían dado todo y más para que lo fuera.
Supongo que en parte me siento así respecto a mi infancia porque
el resto de mi vida no se corresponde en absoluto con esta.
Hace algunos días, mi psiquiatra me dijo que le contara mi
historia, que le dijera quién era yo y quién he sido estos últimos años. Me
quede callada durante varios minutos. “No sé qué decir” musité. Aquella
pregunta tan simple, y al mismo tiempo compleja me había dejado en blanco. ¿Quién soy yo?¿Acaso lo sé? Eran las
preguntas que me asaltaron la conciencia cuando pasé el estado inicial de
perplejidad. Hasta aquel momento nada ni
nadie( ni tan siquiera yo misma) me había dado la oportunidad de tener en
cuenta que no sabía quién era ni por qué era esa persona.
Ha parado de llover. Salgo al jardín descalza, manchándome
de barro los pies, y me tumbo sobre el césped mojado. Permanezco quieta unos
minutos, y cuando me levanto comienzo a recoger hojas empapadas del suelo.
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