lunes, 28 de noviembre de 2016

Intentos.

Hoy quiero escribir de mi infancia. De sueños destripados y desollados con precisión matemática. Hablar de niños de cuyas lenguas, jóvenes e inexpertas, aprenden la pericia con que regalar mentiras que un día no verán como falsas , desde bocas que los años habrán tornado fauces; cuyos labios, rosados y húmedos, acabarán en líneas secas de contornos desdibujados. Coger el tiempo por el cuello y torcerle la espalda, regañarle por atolondrado y echarle en cara que ha pasado demasiado rápido.


No.


No voy a versar sobre ello. Un grito sordo y punzante me agujerea lento a cada letra que pasa. Se me hiela la sangre en las venas, coagula el hielo en mi seco “corazón” de piedra.



No volveré a jugar con fuego.
No hasta que la tentación, de nuevo, me venza.

domingo, 31 de mayo de 2015

Carta fúnebre.

Amante de acordes descompasados. Penitente del arte de pecar. Huidizo mártir. ¿Quién eres? ¿Acaso tú sabes a quién le escribo?

Esta noche te he estado buscando. Últimamente apareces demasiado a menudo en mis pesadillas, eres aquel que aprieta el gatillo contra mi garganta y el que articula las borrascas que entre ceja y ceja se descargan en forma de una tormenta llamada migraña. No has aprendido a hablar, pero a ti no te hacen falta palabras. Y por ello te admiro, pues desperdiciaré mi pequeña porción de eternidad intentando encontrar las adecuadas para transmitir lo que llevo dentro (a ti).

Eres el dueño de las garras afiladas que me rasgan la garganta intentando echar fuera los gritos que la puerta de mi boca no descarga. ¿Por qué lo haces? Me pregunto. Te corroe la rabia por las venas, la misma que ahora mismo fluye por cada una de mis arterias. Te siento como aquel feto maligno que nadando en aguas uterinas martiriza desde dentro a su madre. Como un arlequín siniestro  que esboza la locura con sus movimientos.

Director de mi personal y tétrica orquesta: a pesar de todos tus instintos homicidas no te sentencio. Como mi niño interior, formas una parte de mí y llevas todos los genes que mi oscuridad te ha transmitido. Pero no padezcas, pues no eres verdugo sino víctima. Otra víctima indirecta de mi propia mente.

Sólo me queda preguntarte si se alargará más nuestra penitencia. ¿No hemos cumplido ya? ¿No hemos pagado suficiente por nuestra naturaleza?

Qué pena, pues solo tú sabes la respuesta y nunca tendrás voz suficiente para pronunciarla.


Al fin y al cabo, tú tampoco existes.

viernes, 13 de marzo de 2015

Ansia, número indefinido.

La huida siempre será en vano. La que nos dicta el ansia de abrirnos en canal y sacarnos las entrañas, pero nunca hay un cuchillo cerca, o al menos; inconscientemente procuramos que no lo haya. La misma que me susurra a la nuca agarrar con fuerza uno de mis pulmones y arrancármelo de cuajo. Dejarlo encima de la mesa, con la vida colgando. Y, cual hábil leñador con saña, seccionar de raíz las vísceras a las que se aferra esta vil e inservible carcasa y vaciar por completo este trozo de piel que me concibe como persona humana.
Una vez sacado y desterrado todo el contenido meramente utilitario, acariciar con las uñas el fondo ensangrentado y áspero de mi caja torácica hueca, rascando con violencia el fuero interno para acallar con violencia el dolor carnal que me acecha (el tenebroso y agudo estruendo de unas uñas largas contra una pizarra de colegio suele apaciguar a casi todos los vestigios mortales).


Esto es lo que ocurriría si nos hubiesen enseñado a cumplir nuestros deseos desde pequeños.

martes, 24 de febrero de 2015

La niña sin voz.


La niña sin voz, la llamaban.

Sin duda hacía honor a su nombre cada vez que alguien la veía por primera vez andando por la calle o con la nariz metida en algún libro. No era raro que los niños se alejasen de ella y se escondiesen tras sus madres intentando observar sin el pequeño riesgo que suponía el ser descubierto por la mirada furtiva de la chica en su afán de curiosidad. Las habladurías sabían bien. Le gustaba oír su nombre pronunciado en las bocas de otros, saborearlo desde sus labios haciendo caso omiso a las palabras incoherentes con que pudiera compartir saliva. Famélica de palabras que ella jamás podría pronunciar. Enclaustrada en su propia cárcel de silencio, condenada su lengua a no rozar de nuevo unos labios que pudieran lamerle las heridas. Tenía los labios sellados en forma de hilo oscuro danzando en mil pliegues sobre su boca.

Una mueca siniestra.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Último aliento.

No creo que quebrarse tanto debiera ser legal.
Tengo todas las de perder contra esta macabra tentativa a la suerte que supone un nuevo año. Siempre he sido de la cola en cualquier apuesta, pero esta me sabe a sangre, a dientes que rechinan de miedo en lugar de por el frío,  a cristales rotos. Pero me llevo las mil y un maneras que poseo de hacerme gritar; y eso es lo que más me aterra. La frialdad con que somos capaces de causarnos un dolor envenenado de nuestra propia ira siendo conscientes de ello, la tendencia de la especie humana a autotorturarse esclavo de su propia existencia.
La conciencia nos tortura en su tortuoso afán de hacernos ver una realidad que se nos escapa. Durante toda nuestra vida hemos creído ser algo a lo que ni de lejos aspirábamos, inhumanos.
Suele asustarme la cantidad de veces que me descubro, a hurtadillas, ejerciendo de víctima en este ambiguo teatro en que coexistimos, que no convivimos. La dureza,  la velocidad
e intensidad de pensamientos, la enorme cantidad que emociones que podemos ser capaces de sentir al mismo tiempo; ese cúmulo de pensamientos que se nos atragantan.
Víctimas de una evolución y un mecanismo creacional que nos carcome las entrañas a cada paso que damos. La incertidumbre de seres capaces de preguntarnos con una frecuencia atronadora de dónde venimos o qué sentido tiene esta vida.
Demasiado inteligentes para comprender tal vez que, la vida es eso, añicos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Cualquier quimera.

Deambulo de dilema en dilema a 10 por hora en un estado de semi-inconsciencia casi perpetuo, con mis divagaciones de fondo. Un viernes como cualquier viernes.
Es curioso como me formo mis propias películas en el telón de fondo de cualquier mañana o noche en que vivo de calañas conversando con un ser viviente cualquiera sobre el frío que hace a las 7 de la mañana o diversos convencionalismos sociales baratos.
Estoy como si me hubieran violado en cualquier acera y me hubiesen dejado tirada en la esquina del callejón más cutre, con las medias a jirones y el miserable de treinta y pocos años de sabor de boca. Puta idiota rota.
Resulta tan decadente confundirse de realidad entre unas cuantas fantasías lúgubres de morbo o sobreestima cuando caminas por una rutina de expectativa creciente y perfeccionismo enfermizo que te han abocado a tanto y a tan extraño.
Busca en la última de cualquier fila.

domingo, 12 de octubre de 2014

Cuando sangras.

Hoy no tengo nada que decir. ¿Qué quieres que te cuente? Si hace unos minutos que te has dado la vuelta y te has marchado por la puerta con cualquier excusa barata. ¿Sabes que me has dicho?
Yo tampoco.
Acabo de quitarme tus lágrimas de encima y yo también me he largado de aquí. En efecto, tuyas, esas que vislumbras pese al cielo oscuro y decides que no ves, que no existen.
De repente me han sabido a nada todas las veces que me has mirado con lástima. Y como cuando el aire frío te arranca las ojeras de la cara y adviertes que la luna se mueve rauda a tu paso mientras todo lo demás se difumina, he salido corriendo dejando a tu ausencia asombrada.
Todo cambia.
Se me mueren las piernas deprisa y aterrizan repentinamente contra el asfalto.
Y entonces brotas.
Te escurres de entre mis manos.
Recorres las esquinas de mis dedos y continuas derramándote al son de la farola estropeada que se enciende y se apaga.
Me gustas cuando eres negra, oscura. Cuando sé que existes y te siento fría pero hiriente, cuando mis nudillos son tu lecho.
Cuando sangras.