Hoy quiero escribir de mi infancia. De sueños destripados y desollados con precisión matemática. Hablar de niños de cuyas lenguas, jóvenes e inexpertas, aprenden la pericia con que regalar mentiras que un día no verán como falsas , desde bocas que los años habrán tornado fauces; cuyos labios, rosados y húmedos, acabarán en líneas secas de contornos desdibujados. Coger el tiempo por el cuello y torcerle la espalda, regañarle por atolondrado y echarle en cara que ha pasado demasiado rápido.
No.
No voy a versar sobre ello. Un grito sordo y punzante me agujerea lento a cada letra que pasa. Se me hiela la sangre en las venas, coagula el hielo en mi seco “corazón” de piedra.
No volveré a jugar con fuego.
No hasta que la tentación, de nuevo, me venza.
