domingo, 31 de mayo de 2015

Carta fúnebre.

Amante de acordes descompasados. Penitente del arte de pecar. Huidizo mártir. ¿Quién eres? ¿Acaso tú sabes a quién le escribo?

Esta noche te he estado buscando. Últimamente apareces demasiado a menudo en mis pesadillas, eres aquel que aprieta el gatillo contra mi garganta y el que articula las borrascas que entre ceja y ceja se descargan en forma de una tormenta llamada migraña. No has aprendido a hablar, pero a ti no te hacen falta palabras. Y por ello te admiro, pues desperdiciaré mi pequeña porción de eternidad intentando encontrar las adecuadas para transmitir lo que llevo dentro (a ti).

Eres el dueño de las garras afiladas que me rasgan la garganta intentando echar fuera los gritos que la puerta de mi boca no descarga. ¿Por qué lo haces? Me pregunto. Te corroe la rabia por las venas, la misma que ahora mismo fluye por cada una de mis arterias. Te siento como aquel feto maligno que nadando en aguas uterinas martiriza desde dentro a su madre. Como un arlequín siniestro  que esboza la locura con sus movimientos.

Director de mi personal y tétrica orquesta: a pesar de todos tus instintos homicidas no te sentencio. Como mi niño interior, formas una parte de mí y llevas todos los genes que mi oscuridad te ha transmitido. Pero no padezcas, pues no eres verdugo sino víctima. Otra víctima indirecta de mi propia mente.

Sólo me queda preguntarte si se alargará más nuestra penitencia. ¿No hemos cumplido ya? ¿No hemos pagado suficiente por nuestra naturaleza?

Qué pena, pues solo tú sabes la respuesta y nunca tendrás voz suficiente para pronunciarla.


Al fin y al cabo, tú tampoco existes.

viernes, 13 de marzo de 2015

Ansia, número indefinido.

La huida siempre será en vano. La que nos dicta el ansia de abrirnos en canal y sacarnos las entrañas, pero nunca hay un cuchillo cerca, o al menos; inconscientemente procuramos que no lo haya. La misma que me susurra a la nuca agarrar con fuerza uno de mis pulmones y arrancármelo de cuajo. Dejarlo encima de la mesa, con la vida colgando. Y, cual hábil leñador con saña, seccionar de raíz las vísceras a las que se aferra esta vil e inservible carcasa y vaciar por completo este trozo de piel que me concibe como persona humana.
Una vez sacado y desterrado todo el contenido meramente utilitario, acariciar con las uñas el fondo ensangrentado y áspero de mi caja torácica hueca, rascando con violencia el fuero interno para acallar con violencia el dolor carnal que me acecha (el tenebroso y agudo estruendo de unas uñas largas contra una pizarra de colegio suele apaciguar a casi todos los vestigios mortales).


Esto es lo que ocurriría si nos hubiesen enseñado a cumplir nuestros deseos desde pequeños.

martes, 24 de febrero de 2015

La niña sin voz.


La niña sin voz, la llamaban.

Sin duda hacía honor a su nombre cada vez que alguien la veía por primera vez andando por la calle o con la nariz metida en algún libro. No era raro que los niños se alejasen de ella y se escondiesen tras sus madres intentando observar sin el pequeño riesgo que suponía el ser descubierto por la mirada furtiva de la chica en su afán de curiosidad. Las habladurías sabían bien. Le gustaba oír su nombre pronunciado en las bocas de otros, saborearlo desde sus labios haciendo caso omiso a las palabras incoherentes con que pudiera compartir saliva. Famélica de palabras que ella jamás podría pronunciar. Enclaustrada en su propia cárcel de silencio, condenada su lengua a no rozar de nuevo unos labios que pudieran lamerle las heridas. Tenía los labios sellados en forma de hilo oscuro danzando en mil pliegues sobre su boca.

Una mueca siniestra.