martes, 24 de febrero de 2015

La niña sin voz.


La niña sin voz, la llamaban.

Sin duda hacía honor a su nombre cada vez que alguien la veía por primera vez andando por la calle o con la nariz metida en algún libro. No era raro que los niños se alejasen de ella y se escondiesen tras sus madres intentando observar sin el pequeño riesgo que suponía el ser descubierto por la mirada furtiva de la chica en su afán de curiosidad. Las habladurías sabían bien. Le gustaba oír su nombre pronunciado en las bocas de otros, saborearlo desde sus labios haciendo caso omiso a las palabras incoherentes con que pudiera compartir saliva. Famélica de palabras que ella jamás podría pronunciar. Enclaustrada en su propia cárcel de silencio, condenada su lengua a no rozar de nuevo unos labios que pudieran lamerle las heridas. Tenía los labios sellados en forma de hilo oscuro danzando en mil pliegues sobre su boca.

Una mueca siniestra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario