La niña sin
voz, la llamaban.
Sin duda
hacía honor a su nombre cada vez que alguien la veía por primera vez andando
por la calle o con la nariz metida en algún libro. No era raro que los niños se
alejasen de ella y se escondiesen tras sus madres intentando observar sin el
pequeño riesgo que suponía el ser descubierto por la mirada furtiva de la chica
en su afán de curiosidad. Las habladurías sabían bien. Le gustaba oír su nombre
pronunciado en las bocas de otros, saborearlo desde sus labios haciendo caso
omiso a las palabras incoherentes con que pudiera compartir saliva. Famélica de
palabras que ella jamás podría pronunciar. Enclaustrada en su propia cárcel de
silencio, condenada su lengua a no rozar de nuevo unos labios que pudieran lamerle
las heridas. Tenía los labios sellados en forma de hilo oscuro danzando en mil
pliegues sobre su boca.
Una mueca
siniestra.
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